Reflexión 21 de Junio: La conexión entre haber sido castigado y el hecho de responder con severidad ante usted y ante los demás

Si a usted le imponían disciplina cuando era niño, las consecuencias emocionales que sufrió pueden ser otra pieza del puzzle de por qué su vida no está resultando ser como usted deseaba. Definirnos disciplinar como el hecho de añadir consecuencias desagradables en la educación de los niños. En esta definición de disciplina se incluyen no solo castigos, sino cualquier reacción ante los niños que les haga sentirse no válidos, avergonzados o malos. Las medidas disciplinarias incluyen: desaprobar, obligarles a dejar de jugar por un rato, restricción de privilegios, no intervenir y dejar que ocurran las «consecuencias naturales», amonestarlos, darles una bofetada o pegarles.
Hasta este momento, quizá usted creía que se merecía los castigos que recibió porque era necesario controlar su comportamiento o construir su carácter. Pero hemos descubierto que todas las modalidades de disciplina dañan a los niños creando en ellos la necesidad de aplicarse castigos a ellos mismos y a los demás. Ya que todos los niños pequeños creen que sus padres son perfectos y que saben lo que es bueno para ellos, por definición, los niños que son castigados regularmente, sin darse cuenta, sacan la conclusión de que sentirse infelices es bueno. Debido a que los niños tienen una necesidad innata de imitar a sus padres, desarrollan la necesidad de reproducir la «felicidad»que sienten cuando son castigados, lo que implica en realidad provocarse alguna forma de infelicidad. Como adultos, pueden culparse a sí mismos, o pueden implicarse con amigos o parejas que los tratan mal o a quienes ellos tratan mal.

(Martha Heineman y William J. Pieper de su Libro Adictos a la Infelicidad).

Reflexión 20 de Junio: El drama de la familia romántica

Si su insatisfacción en la vida es en cierto grado el resultado de la carencia de relaciones significativas o
de relaciones poco gratificantes, una de las causas importantes puede encontrarse en el periodo de la infancia que llamamos la fase romántica, que se extiende aproximadamente desde los tres a los seis años.
Los investigadores de temas de desarrollo infantil han reconocido hace mucho tiempo que cerca de los tres años los niños empiezan a buscar la atención del adulto del sexo opuesto a ellos, y también tienen miedo de que el progenitor de su mismo sexo se enfade con ellos por querer ponerse en su lugar. Estos deseos y miedos explican comportamientos desconcertantes tales como: continua e intensa competitividad, cambios de humor, extrema sensibilidad ante una ofensa, y afirmaciones de poseer poderes sobrehumanos y un conocimiento perfecto.
Cuando los padres no comprenden la dinámica de esta fase, gran parte de las reacciones de sus hijos les parecen incomprensibles o, lo que es peor, reprobables. Este es un periodo emocional muy intenso y los niños de esta edad son muy sensibles. Según cómo los padres manejen esta fase romántica, les será más fácil cuando son adultos crear relaciones positivas y significativas, o pueden hacer que un adulto sea adicto a las relaciones conflictivas e insatisfactorias.
Queremos subrayar que los niños dentro de la fase romántica no están buscando una relación adulta con el progenitor del sexo opuesto, sino que están imitando la relación social que perciben que sus padres tienen. Los niños poseen una idea muy vaga de la relación amorosa que tienen sus padres. Esta noción incluye elementos de posesión amorosa, afecto y exclusividad. Los niños que atraviesan la fase romántica no buscan ningún tipo de atención teñida de sexo o de contacto. Es trágico ver cómo las personas que abusan sexualmente malinterpretan el comportamiento de los niños en esta fase como un comportamiento amoroso adulto y esto les hace argumentar que sus víctimas infantiles les sedujeron a ellos.

(Martha Heineman y William J. Pieper de su Libro Adictos a la Infelicidad).

Reflexión 19 de Junio: La norma del amor: La alternativa positiva a la disciplina y la permisividad

Cuando escribimos nuestro libro para padres, la mayoría de los padres no eran conscientes de que había otra alternativa a la disciplina que no era la permisividad. Enseñamos a los padres que el objetivo de la disciplina, es decir, responsabilizarse de un hijo, se puede lograr de manera mucho más efectiva si los padres evitan imponer cualquier tipo de consecuencia negativa. Hacerse cargo de un hijo es una necesidad imperativa; todos los niños necesitan ser protegidos de su propia inmadurez. Deben tomarse sus medicinas, sentarse en sus sillas en el coche, no deben jugar a los barcos dentro del inodoro ni desordenar las habitaciones de sus hermanos. Pero se puede educar a los niños sin necesidad de crear situaciones desagradables.
Nosotros llamamos a esta forma de mantener a los niños sanos y salvos sin tener que castigarlos o sin censurarlos, la norma del amos; que definimos como: educar a los niños sin añadir infelicidad y sin privar a los niños del cariño y admiración de sus padres. Imponerles momentos sin jugar, restricciones, castigos y otras formas de disciplina se basan en la suposición de que ser demasiado agradables con los niños que «no se portan bien» solo provocará que su mal comportamiento aumente. Pero, en el proceso de controlar a los niños, la disciplina los daña porque interfiere con la fuente de bienestar interior más consistente y satisfactoria que tienen los niños: su convicción de que están provocando el amor incondicional de sus padres para que cuiden de ellos. Por esta razón, la disciplina les hace sentirse peor y menos capaces de renunciar a sus deseos. Por el contrario, la norma del amor les enseña a los niños que aunque tengan que renunciar a la satisfacción de lograr algo que deseaban, pueden confiar siempre en la satisfacción que le ofrece la relación de padres e hijos.
La norma del amor es muy superior a la disciplina porque preserva el cariño y la cercanía que todos los niños quieren y necesitan sentir con sus padres y con otros adultos importantes. Cuando los niños imitan a los padres que utilizan la norma del amor, desarrollan la capacidad de crear para sí mismos una felicidad verdadera que permanece siempre intacta frente a las emociones molestas o dolorosas.
Educarlo a usted empezó a ser un problema en potencia para sus padres en el momento en que comenzó a saber moverse solo. Sus padres ya no podían ponerlo en el suelo y saber que podían darse la vuelta y encontrarlo en el mismo lugar. Anteriormente, el problema más difícil para sus padres era qué hacer cuando usted se sentía infeliz. Ahora el dilema, que permanecería hasta que usted se hizo adulto, sería qué hacer cuando lo que usted quería y los deseos de sus padres entraban en conflicto.
Como es de esperar, a usted le encantaba moverse por todas partes. Cada vez con más facilidad, podía alcanzar esos interesantes objetos de la mesa del salón, o tirar de esa cola que se movía tan tentadora detrás del gato, o intentar cocinar en la cocina de verdad igual que lo hacían mamá y papá. Si sus padres hubieran comprendido que usted estaba lleno de curiosidad pero que tenía una mente demasiado inmadura para comprender la existencia de peligro para usted mismo, o para comprender que podía estropear las cosas de otros, tendrían la casa puesta a prueba de bebés y lo hubieran alejado de un peligro inminente con un abrazo y un beso. Su curiosidad, que será algo tan importante en su aprendizaje posterior, no se hubiera apagado. Usted habría aprendido que aunque no siempre podía hacer lo que quería, sus padres le ayudarían cariñosamente a encontrar otra actividad que le hiciera feliz. Habría aprendido que usted podía no estar de acuerdo con los que amaba sin por ello perder su amor y admiración.

(Martha Heineman y William J. Pieper de su Libro Adictos a la Infelicidad).

Reflexión 18 de Junio: No es posible disciplinar la percepción alerta

Si practicamos la percepción alerta, si la convertimos en un hábito, se vuelve una tarea tediosa y difícil. No es posible disciplinar la percepción alerta. Eso que practicamos ya no es más percepción alerta, porque la práctica implica la creación de un hábito, el ejercicio del esfuerzo y de la voluntad. El esfuerzo es distorsión. La percepción alerta no actúa sólo con respecto a lo externo: el vuelo de los pájaros, las sombras, el mar inquieto, los árboles y el viento, el mendigo y los lujosos automóviles que pasan a su lado; también está la percepción alerta del proceso psicológico, de las tensiones y los conflictos internos. Uno no censura al pájaro que vuela; lo observa, percibe su belleza. Pero, cuando uno considera su propia lucha interna, la censura o la justifica. Es incapaz de observar este conflicto interno sin introducir opción ni justificación alguna.
Estar alerta a los propios sentimientos y pensamientos, sin identificarse con ellos, sin rechazar nada, no es una tarea tediosa y difícil; pero cuando buscamos un resultado, cuando queremos obtener algo, el conflicto se incrementa y comienza el tedio del esfuerzo, de la lucha.

(Jiddu Krishnamurti del Libro de la Vida).

Reflexión 17 de Junio: Ver la totalidad

¿Cómo usted un árbol? ¿Ve la totalidad del árbol? Si no lo ve como algo total, no está viendo el árbol, en absoluto. Puede pasar de largo y decir: «¡Allí hay un árbol, qué hermoso es!», o «es un mango», o «no sé qué árboles son ésos; puede que sean tamarindos». Pero cuando se detiene y mira -estoy refiriéndome a algo real, a hechos-, jamás ve la totalidad del árbol; y si no ve la totalidad, no ve el árbol. Lo mismo ocurre con la percepción alerta. Si usted no ve la totalidad de las operaciones de su mente -en el sentido de como ve el árbol-, no está alerta. El árbol se compone de raíces, tronco, ramas; las ramas grandes y las pequeñas y la muy delicada que resalta allá en lo alto; y las hojas, la hoja muerta, la hoja marchita y la hoja verde, la hoja comida, la hoja fea, la hoja que se está desprendiendo, el fruto, la flor; todo cuanto usted ve como una totalidad cuando mira el árbol. De igual modo, en ese estado de ver las operaciones de su mente, en ese estado de percepción alerta, se revelan su sentido de condena, de aprobación, negación, lucha, futilidad, así como la desesperación, la esperanza, la frustración; la percepción alerta abarca todo eso, no sólo una parte. Así pues, ¿percibe usted su mente en ese sentido muy simple, como el de ver una pintura en su totalidad? No en ver tan sólo un ángulo de la pintura y decir: «¿Quién pintó ese cuadro?»

(Jiddu Krishnamurti del Libro de la Vida).

Reflexión 16 de Junio: La introspección es incompleta

En la percepción alerta sólo existe el presente; esto es, al estar alerta, uno ve el proceso por el cual la influencia del pasado controla el presente y modifica el futuro. La percepción alerta es un movimiento integral, no un proceso de división. Por ejemplo, si me formuló la pregunta: «¿Creo en Dios?», en el acto mismo de formularla puedo observar, si estoy alerta, qué es lo que me impulsa a plantearme esa pregunta; si estoy alerta, puedo percibir cuáles han sido y cuáles son las fuerzas que están en juego y me obligan a preguntarme eso. Entonces me doy cuenta de varias formas de miedo: las de mis antepasados, que crearon cierta idea de Dios y me la transmitieron; y me doy cuenta de que yo, al combinar la idea de ellos con mis reacciones presentes, he modificado o cambiado el concepto de
Dios. Si estoy alerta, percibo todo este proceso del pasado, su efecto en el presente y en el futuro; lo percibo integralmente, como una totalidad.
Si uno está alerta, ve cómo nuestro concepto de Dios surgió a causa del miedo; o quizás hubo una persona que tuvo una experiencia original de la realidad, de Dios, y la comunicó a otra, la cual, en su codicia, se apropió de esa experiencia original y dio ímpetu al proceso de la imitación. La percepción alerta es el proceso de lo completo, y la introspección es incompleta. El resultado de la introspección es malsano, penoso, mientras que la percepción alerta es entusiasmo y júbilo.

(Jiddu Krishnamurti del Libro de la Vida).

Reflexión 15 de Junio: El conocimiento no es percepción alerta

La percepción alerta es ese estado en el que la mente observa algo sin condenarlo ni aceptarlo, en el que meramente se enfrenta a la cosa tal como es. Cuando usted mira una flor, cuando la mira no botánicamente, ve la totalidad de la flor; pero si su mente está por completo ocupada con el conocimiento botánico acerca de lo que esa flor es, no está mirando totalmente la flor. Aunque pueda tener conocimientos sobre esa flor, si esos conocimientos ocupan todo el campo de su mente, no está mirando la flor de una manera total.
Así pues, mirar un hecho es estar alerta al hecho. En esa percepción alerta no hay opción, ni condena, ni agrado o desagrado. Pero muy pocos de nosotros podemos hacer esto, porque ya sea tradicionalmente, o desde el punto de vista ocupacional, o en cualquier forma, somos incapaces de enfrentarnos al hecho sin que intervenga nuestro trasfondo. Tenemos que estar alerta a ese trasfondo. Debemos darnos cuenta de nuestro condicionamiento, y ese condicionamiento se revela a sí mismo cuando observamos un hecho; como uno se interesa en la observación del hecho y no en el trasfondo, el trasfondo queda descartado. Cuando el interés principal es comprender el hecho solamente, y cuando uno ve que el trasfondo le impide comprender el hecho, entonces el interés vital en el hecho acaba con el trasfondo.

(Jiddu Krishnamurti del Libro de la Vida).